El problema de la llamada ‘violencia vicaria’

Juanfran Ponce
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Tras la reciente noticia del asesinato de las niñas de Tenerife (Anna y Olivia), ha resurgido un término que ya existía para denominar a este tipo de violencias. La violencia vicaria designaría un tipo de violencia que no sería
bidireccional, sino que sólo serviría para designar la violencia cuando una parte concreta la comete.

El término violencia vicaria lo acuñó la psicóloga clínica Sonia Vaccaro hace casi una década. Ella lo definió así: «aquella violencia que se ejerce sobre los hijos para herir a la mujer. Es una violencia secundaria a la víctima principal, que es la mujer. Es a la mujer a la que se quiere dañar y el daño se hace a través de terceros, por interpósita persona. El maltratador sabe que dañar, asesinar a los hijos/hijas, es asegurarse de que la mujer no se recuperará jamás. Es el daño extremo.»

Así pues, quedaría emparejado a la violencia que ejerce el padre, el hombre. Un tipo de violencia que se podría ver en el conocido ‘Caso Bretón‘, en el ‘Caso de Asunta Basterra‘ o el asesinato de los ‘niños de Godella‘. El objetivo del agresor sería deshumanizar a los hijos y utilizarlos como mero instrumento para hacer daño a la madre. Desapariciones, palizas, maltrato físico y psicológico y hasta el castigo extremo que supone el asesinato de los menores.

Tras la revisión de lo que se entiende por violencia vicaria y tal como lo definió Sonia Vaccaro en un artículo para El Plural, habría que preguntarse qué efectos tendría esto en la realidad material de los hechos.

La ideología del término

Tras partir de la base de que ninguna persona mentalmente sana estaría a favor de una violencia así, ni de cualquier otra ejercida hacia la mujer, la revisión de los términos empleados para la designación de diversos aspectos es, mínimamente, un deber ético; pues si ese término se emplea maliciosamente para alterar la realidad sustancial de las cosas podría ser inclusive peligroso.

La ideología es un conjunto de ideas que nos ponen un único punto para entender la realidad. Con estas ideologías mostramos la concepción subjetiva que tenemos sobre algo y, por tanto, parcial. Estos juicios se presentan como universales y se convierten en axiomas que no requieren ser probados, únicamente porque se comprende que son ciertos por sí mismos.

El aspecto ideológico del término se sustrae en este fragmento que Silvia redacta: “En el sistema patriarcal, la violencia contra las mujeres, cobra la forma además, de desplazarse a todo aquello (o aquellos) a lo que la mujer está apegada o siente cariño.  Por este desplazamiento, el hombre expresa su odio dañando a las mascotas, dañando lo más preciado que tiene la mujer sobre la que ejerce violencia: daña su imagen desfigurando su rostro con ácido, desprestigia su “buen nombre y honor” publicando anuncios eróticos con su número de teléfono, amenaza con dañar o matar a sus padres o familiares, rompe sus objetos preciados, quema su ropa…”

Se entiende de esta forma que es el sistema patriarcal el que permite tales cosas, un sistema que nada tendría que ver con el aspecto antropológico que el estructuralista Claude Lévi-Strauss definiría. Así, el patriarcado englobaría bajo sus cimientos una violencia estructural que justificaría, sobretodo, este odio hacia las mujeres por parte de sus maltratadores. Ir aquí para donde hablo del patriarcado en su aspecto antropológico.

La irracionalidad con la que se chocan es que si esa violencia es estructural, las mujeres, al formar parte del mismo sistema, también podrían cometer dicha violencia de la misma forma, pues la estructura social englobaría a todas las partes de la misma. Esto implica asumir que quienes ejercen la violencia no son necesariamente los hombres o, en este caso, el padre. Aun así, cuando se habla de este tipo de violencia se hace de una forma muy específica.

La problemática

El germen del asunto está en que la definición que utiliza esta psicóloga es ideológica y no cumple, si quiera, con aspectos sociológicos o antropológicos racionales. A raíz de esta equivocada tesis construye un término unívoco que sólo sirve para designar la violencia de una parta hacia la otra, más no viceversa. De esta forma maquiavélica frivoliza sobre las muertes de menores, asignándole más grado de importancia según la identidad de género que el asesino tenga.

Los diferentes móviles que llevan a una persona a matar a sus propios hijos entran dentro del campo de la criminología, la cual se encarga de construir los motivos del suceso a raíz de los factores sociales, psicológicos, legales, culturales, psiquiátricos, etc. La complejidad de los asesinatos no se reducen a términos ideológicos, porque la realidad sustancial es mucho más compleja que los simples axiomas utilizados.

Además, la categoría que se les da a este tipo de asesinatos engrandece el suceso, le hace cobrar más importancia y prioridad frente a otros hechos similares cometidos por madres, no por padres. Ni si quiera habría que entrar en las frívolas cifras de qué parte asesina más, pues no es motivo de comparación actos así.

¿Acaso se le pretende dar más importancia a los asesinatos por parte de uno de los dos cónyuges porque el porcentaje es más amplio? Estaríamos reduciendo así estas muertes a simples porcentajes para atribuirles una revisión más plena, algo que denotaría que la importancia del asunto no son las muertes de niños sino qué identidad de género tenía la persona que lo cometió.

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